Reyk dio un paso al frente, rompiendo el silencio que se había formado junto al lago congelado. Sus ojos, siempre analíticos y fríos, estaban fijos en la pistola que Lucian acababa de devolver a Eiden. La tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo; el descubrimiento de la situación de Sonja había cambiado el peso del día de un plumazo.
—Yo voy a acompañar a Eiden —dijo Reyk con voz firme—. No podemos dejar que él y Lena estén solos en el hospital si alguien está cazando brujas. Necesita