No pegué un ojo en toda la noche.
En una mansión donde no sabes cuándo te matarán o cuándo tu esposo intentará apoderarse de ti, dormir es un lujo que no puedes permitirte.
Me levanté con las piernas entumecidas y la garganta seca. La marca en el cuello me ardía levemente, como si recordara la copa de la medianoche.
Trish estaba fuera de la puerta cuando me asomé. Tenía ojeras, pero intentaba parecer serena. Traía una botella de agua en la mano y la extendió hacia mí.
—¿Está sellada? —pregunté.