No recordaba haber corrido, pero mis pies me llevaron hasta los escalones que daban al patio interior de la vieja casa.
Me senté.
Tenía las manos heladas y el corazón todavía golpeándome el pecho.
Mi padre...
No sabía si lo que vi era dolor, locura o algo peor.
Su voz seguía sonando en mi cabeza.
“Maldita. Estás maldita.”
Me llevé las manos al rostro.
Por primera vez, no supe si llorar o gritar.
Pensé en mi madrastra.
Menos de cuarenta y ocho horas antes, me había dicho que debía cumplir c