El silencio en la habitación se volvió tan pesado que Alana sintió que le faltaba el aire. La alegría del despertar se había evaporado, dejando solo una atmósfera de ceniza y miedo. Ella miró a sus hermanos, buscando una mentira piadosa, pero el rostro desencajado de Leo y la mandíbula tensa de Deerk le dijeron que lo que estaba a punto de escuchar le partiría el alma.
Eiden dio un paso al frente. Sus manos, aún manchadas de la sangre del enfrentamiento con Reyk, temblaban. Se acercó a Alana y la tomó por los hombros, obligándola a sentarse de nuevo en el borde de la cama.
—Alana, escúchame... —empezó Eiden, con la voz rota—. Tienes que ser fuerte por el bebé.
—¿Dónde está mi hermano, Eiden? —preguntó ella, con los ojos anegados en lágrimas que amenazaban con desbordarse—. ¡Dímelo ya!
Eiden cerró los ojos un segundo, tragándose el nudo de culpa que lo asfixiaba.
—Lucian no regresó con nosotros, Alana. Después de que te desmayaste en la boda, todo fue un caos. Daren... Daren nos tenía