El silencio en la habitación se volvió tan pesado que Alana sintió que le faltaba el aire. La alegría del despertar se había evaporado, dejando solo una atmósfera de ceniza y miedo. Ella miró a sus hermanos, buscando una mentira piadosa, pero el rostro desencajado de Leo y la mandíbula tensa de Deerk le dijeron que lo que estaba a punto de escuchar le partiría el alma.
Eiden dio un paso al frente. Sus manos, aún manchadas de la sangre del enfrentamiento con Reyk, temblaban. Se acercó a Alana y