El aire en el jardín se volvió irrespirable. La niebla negra que rodeaba a Alana se había disipado tras mi contacto, pero el frío que dejó atrás era el de una tumba abierta. La tenía en mis brazos, su cuerpo lánguido y su respiración tan débil que tenía que pegar mi oído a su pecho para saber que su corazón aún latía.
—¡Alana! ¡Responde! —le supliqué, sacudiéndola suavemente.
Sus párpados temblaron, pero no se abrieron. La marca de la tela de araña en su brazo ahora emitía un pulso rítmico, una luz violeta oscura que parecía alimentarse de su energía.
—¡Atrás! ¡Todos atrás! —El grito de Varg cortó el silencio como un hachazo.
Alcé la vista. El Alfa de las tierras del Norte estaba de pie a unos tres metros, con su espada desenvainada. Sus hombres lo imitaban, formando un semicírculo que no nos protegía, sino que nos acorralaba. Los otros líderes, Thorne y los demás, retrocedían con rostros pálidos, mirando a Alana como si fuera un demonio recién invocado.
—Varg, baja esa arma —dijo Luc