El estruendo de la puerta principal al hacerse añicos llenó el salón. El polvo de la madera astillada flotaba bajo la luz mortecina de las lámparas que aún no se habían roto. Frente a nosotros, enmarcados por la oscuridad de la noche, dos hombres daban un paso al frente. No vestían el cuero rudo de los Sombra de Hierro, sino una armadura de escamas de plata opaca, con el símbolo de una balanza rota grabado en el pecho.
—La Secta de la Balanza —gruñí, moviéndome para cubrir el cuerpo de Alana co