Eché a correr. No usé el camino. Salté la valla de piedra del jardín y me interné en la maleza con una velocidad que ningún lobo puro podría igualar. La transformación estaba ocurriendo a medias; mis uñas se convirtieron en garras de obsidiana y mis caninos perforaron mis propias encías, llenando mi boca con el sabor metálico de mi propia sangre.
El bosque estaba oscuro, pero para mí era mediodía. El rastro de Kael olía a azufre y a esa magia podrida que Daren Kirk usaba en las celdas de las Sombras de Hierro. Era un olor que yo conocía bien. Era el olor de la tortura.
Lo alcancé en un claro, cerca del arroyo que marcaba el límite de las tierras de los Azuleja. Kael estaba de pie, esperándome. Se había quitado la chaqueta de gala y sostenía una pequeña ampolla de vidrio oscura entre los dedos, ahora vacía.
—Eres rápido, híbrido —dijo Kael. Su voz era tranquila, desprovista de cualquier emoción. Me miraba como un entomólogo mira a un insecto interesante—. Pero la velocidad no sirve de