Eché a correr. No usé el camino. Salté la valla de piedra del jardín y me interné en la maleza con una velocidad que ningún lobo puro podría igualar. La transformación estaba ocurriendo a medias; mis uñas se convirtieron en garras de obsidiana y mis caninos perforaron mis propias encías, llenando mi boca con el sabor metálico de mi propia sangre.
El bosque estaba oscuro, pero para mí era mediodía. El rastro de Kael olía a azufre y a esa magia podrida que Daren Kirk usaba en las celdas de las So