El silencio en la planta baja de la casa de Lena era espeso, roto únicamente por el crujido de la madera vieja y el siseo de la tetera en la cocina. No era una fortaleza de piedra, sino una propiedad de dos niveles, amplia y con suficientes habitaciones para albergar a los restos de una manada rota, rodeada de un jardín que ahora dormía bajo una capa de escarcha. Sobre el sofá del salón principal, Lena yacía con la piel tan pálida que parecía de cera. Sus manos, entrelazadas sobre el pecho, estaban gélidas. Estaba en lo más profundo de un trance inducido, una navegación astral que le había costado dos días de preparación y una cantidad peligrosa de energía.
A su alrededor, tres sombras imponentes montaban guardia. Reyk, Deerk y Leo no se habían movido de su lado desde que llegaron a través de los túneles subterráneos, una caminata de horas que los había dejado exhaustos y cubiertos de polvo. Sus rostros, marcados por el hollín y el cansancio, eran máscaras de ansiedad. Para ellos, Len