Tres días. Tres días habían pasado desde que el cielo se tiñó de fuego azul y el aroma a lavanda de la boda de Alana fue reemplazado por el hedor dulzón y pesado de la muerte. Tres días en los que el tiempo se había estirado como una tortura interminable.
Lucian caminaba cojeando por lo que solía ser el gran salón de la mansión Azuleja. Sus botas crujían sobre una alfombra de cenizas, astillas de madera de roble y fragmentos de cristal que antes contenían el mejor vino del valle. El techo se ha