Aldrik caminaba de un lado a otro en la sala de piedra del consejo, las manos cruzadas detrás de la espalda, los ojos encendidos de frustración. El fuego de la chimenea crepitaba, pero no era suficiente para calmar su creciente exasperación.
—Una loba roja... —masculló para sí mismo—. Una maldita loba roja está alzando su nombre más allá de nuestras tierras.
Había recibido informes vagos, rumores de una mujer de cabello rojo sangre y un mechón plateado liderando aldeas, ganando aliados. Una q