La nieve aún cubría los senderos de Brumavelo cuando Aeryn cruzó de nuevo el límite del bosque, su pelaje rojo manchado de escarcha. Al ver las primeras luces de la aldea, dejó escapar un leve suspiro y, poco a poco, su forma lupina comenzó a desvanecerse. La loba roja dio paso a la mujer, erguida y decidida, aunque las huellas del eclipse aún ardían bajo su piel.
Sareth la esperaba en el borde del claro, los brazos cruzados y una expresión serena, aunque sus ojos traicionaban el alivio que se