La puerta del límite se cerró tras ella con un golpe seco. La última frontera de la manada que alguna vez fue su hogar ahora la rechazaba como si fuera una peste. Aeryn se quedó inmóvil unos segundos. Luego, sin mirar atrás, comenzó a caminar.
El suelo era áspero, lleno de raíces y piedras que lastimaban sus pies descalzos, pero ella no se detuvo. El dolor físico era apenas un susurro comparado con el grito silente que rugía en su interior. La traición, la humillación, la pérdida... cada paso