Darien la buscaba como un lobo hambriento. Recorrió los pasillos, los patios de entrenamiento, incluso la cocina, con las pupilas dilatadas y el corazón latiendo como un tambor de guerra. La necesitaba. Ya. Sería la tercera vez del día, y aún así, el deseo no se apagaba.
Ya habían pasado los cinco días indicados por el sabio. El tiempo de fecundación, como lo llamaba aquel anciano de lengua amarga. El conjuro había sido recitado en cada encuentro, con la precisión de un ritual sagrado. Y, aun