La noche se retiraba lentamente del cielo cuando Nyrea respiró hondo.
No fue un suspiro, ni un gemido. Fue un aliento real. Como si su cuerpo, al fin, recordara cómo volver.
Sus párpados temblaron. El mundo era oscuro aún detrás de ellos, pero no vacío. Una tibieza le envolvía el pecho, como si el fuego ya no ardiera para destruir, sino para protegerla.
Y entonces escuchó.
Primero, los latidos. Dos. No suyos. Pequeños, firmes… sincronizados.
Luego, una voz. No humana. Instintiva. Un rug