Había pasado una semana.
Las cenizas se barrían de los techos, los cuerpos habían sido honrados, y las grietas de Lobrenhart comenzaban a sellarse. Los heridos caminaban, los huérfanos eran acogidos, y las hogueras ardían sin miedo. La ciudad sobrevivía. Pero algo seguía sin sanar.
Los lobos rojos no despertaban.
Nyrea y Darien yacían en lo alto de la Torre de la Llama. Vivos, sí… pero inmóviles, atrapados en un sueño del que nadie sabía cómo traerlos de vuelta. No tenían heridas. Su piel