La habitación olía a lavanda y humo de velas.
Nerysa acariciaba lentamente el cabello de Nyrea, ahora limpio y recogido con ternura, mientras sus ojos azules se paseaban por el rostro dormido de su hija de corazón. Cada tanto, posaba la mirada en Darién, tendido a su lado, respirando con calma. No podía dejar de agradecer a la Luna, aunque no entendiera aún lo que había ocurrido.
—Los limpiamos, les cambiamos la ropa… incluso sellé algunas de sus heridas —susurró Tarsia, sentándose cerca con