La tormenta ya no era una amenaza. Era un hecho.
Lluvia torrencial golpeaba los ventanales de la fortaleza con fuerza incesante, arrastrando hojas, barro y ramas por los pasillos exteriores. El viento ululaba entre las torres como si aullara presagiando lo inevitable. Los rayos caían tan seguidos que por momentos la noche se iluminaba con destellos blancos y azulados, sin dar tregua a la oscuridad.
Nerysa estaba de pie frente a la ventana, envuelta en una túnica gris que parecía parte del c