El gran patio central de Lobrenhart había recuperado su calma habitual, pero algo en el aire se sentía distinto. Darien lo percibía en el silencio de los soldados, en las miradas de los ancianos, en los suspiros prolongados de las cocineras. Joldar se había marchado hacía solo dos días, pero el eco de su ausencia retumbaba como un tambor lejano en el pecho del heredero.
En la terraza del ala norte, con vista a los campos de entrenamiento, Darien se mantenía de pie con los brazos cruzados. El vi