La noche había caído sobre Brumavelo, pero en la cabaña de los Alfas, el fuego no dormía. Tampoco ellos.
Nyrea y Darién yacían envueltos en la suavidad de las pieles, desnudos bajo la luz danzante del hogar, entrelazados como si el tiempo quisiera detenerse en ese instante. Sus cuerpos encajaban con la naturalidad de lo inevitable. Él dormía con el rostro enredado en su cabello, una mano firme en la curva de su vientre, donde sus hijos se gestaban. Ella lo envolvía con una pierna, con el brazo