La noche había cubierto Brumavelo con su manto más espeso, y en la cabaña de los Alfa, solo el tenue resplandor de una lámpara de aceite oscilaba sobre las paredes. Nyrea estaba de pie junto a la ventana, con una mano sobre su vientre, la otra apoyada en el marco. Sus ojos fijos en la luna creciente.
Darién, aún con el cabello húmedo tras una ducha rápida, se acercó por detrás y la envolvió con sus brazos. Apoyó su frente en su cuello, respirando su esencia. El silencio entre ellos no era inco