El cielo comenzaba a pintarse de tonos dorados y lilas cuando Nyrea apoyó la cabeza sobre el pecho de Darién, ambos recostados entre las flores altas del prado. Aún había rocío en los pétalos, y la luna se desvanecía lentamente, como si cediera su turno al día… y al amor recién sellado.
—¿Fue el ritual… o tú? —murmuró él, acariciándole la espalda con suavidad.
—Ambos —respondió ella con una sonrisa traviesa, deslizando los dedos por su abdomen. Tenía la piel aún marcada por trazos tenues de