El sonido del cuerno rasgó la quietud de la mañana en tres toques cortos y secos.
Uno. Dos. Tres.
En Brumavelo, ese llamado no se confundía con ninguno: un visitante de alto rango se aproximaba. No era enemigo. No era aliado. Era alguien cuyo nombre debía ser escuchado antes de ser juzgado.
Desde la terraza central, Nyrea alzó el rostro al viento. Su loba interior se tensó, no por miedo… sino por instinto. Sentía la mirada de la aldea posarse sobre ella, esperando dirección, pero también sin