Los días siguientes fueron distintos.
No por proclamaciones ni rituales.
Sino por la manera en que la aldea comenzó a respirar diferente.
Brumavelo ya no era solo un refugio en tierras oscuras. Con cada nueva mañana, sus senderos se ensanchaban, sus construcciones tomaban orden, y las voces de sus habitantes se alzaban con propósito. Las piedras comenzaban a colocarse con intención de permanencia. Y donde antes hubo ruina, ahora nacía estructura.
Y al centro de todo… la llama y el vínculo.