La tarde había descendido sobre Brumavelo con la lentitud de un presagio.
Aeryn se encontraba sentada bajo el sauce blanco del claro central, su túnica ligera ondeando suavemente al compás del viento de montaña. Desde allí, veía a los niños corriendo entre los caminos de piedra, a las mujeres tejiendo redes de lana lunar y a los guardianes afilando armas que, ojalá, no tuvieran que usarse nunca.
La manada respiraba con ella.
Y ella, aún sin quererlo del todo, ya gobernaba.
Sintió su pre