El galope constante del Azrael era lo único que rompía el silencio del bosque. Darién llevaba tres días de viaje y no había una sola noche en la que pudiera descansar más de unas horas. Cada vez que intentaba conciliar el sueño, el vínculo latía con una pulsación sorda, como una campana enterrada bajo tierra.
Y esa noche… esa noche lo sintió con más fuerza.
Se despertó sobresaltado en su improvisado campamento, el cuerpo empapado en sudor, aunque la noche era fría. Se quedó quieto, con el cora