Todo era calor… y silencio.
Nyrea y Darién caminaban descalzos sobre una pradera bañada por una luz dorada que no tenía origen. El aire olía a fuego dulce, a hogar… a eternidad.
—¿Estamos muertos? —susurró Darién, sin miedo, tomando la mano de Nyrea.
—No lo sé… pero estamos juntos —respondió ella, apoyando la cabeza en su hombro.
El mundo que conocían se alejaba. Todo dolor, todo sonido, se desvanecía como humo en el aire. Y justo cuando parecían cruzar un umbral invisible, una voz los detu