La sala estaba ennegrecida. Parte del mobiliario de piedra había sido calcinado. El suelo agrietado, y en medio de aquel caos, yacía Darién, inconsciente, rodeado de escudos mágicos activados por los centinelas.
Nyrea cayó de rodillas junto a él.
—¡Darién...! —susurró, al tomar su rostro.
Su piel ardía. Pero no de fiebre. Era energía. Era fuego contenido en una forma mortal que no había podido manejarlo. Su respiración era débil. Su cuerpo empapado en sudor. Las venas de su cuello y pecho pa