Capítulo 13.
Llevábamos tres horas (tres horas que se sintieron como un siglo) metidas en esa maldita boutique.
Mis pies ya estaban demasiado doloridos dentro de mis zapatos y mis brazos ya no sentían las manos de tanto cargar bolsas de las compras, las cajas de zapatos y accesorios que pesaban como si estuvieran rellenos de plomo.
Eso por no mencionar el dolor punzante de la herida que estaba empezando a molestarme.
Después de un largo rato haciendo competencia contra los maniquíes en exhibición me habían