Capítulo 55. Lo que queda.
La noche había caído sobre Bogotá como una manta húmeda y silenciosa. Emilia estaba sola en el estudio, sentada frente al escritorio de Mauro, con la lámpara encendida y un vaso de whisky que no había probado. Su cuerpo estaba rígido, los músculos tensos, como si cada fibra estuviera preparada para un golpe que no llegaba.
La puerta principal sonó con tres toques secos. No esperaba a nadie. Julián dormía, y Dora ya se había retirado a su habitación. Su corazón comenzó a martillar en su pecho.
—