El sol se cuela por los ventanales de la casa de campo, bañando la mesa de madera con un resplandor dorado. El aroma del café recién hecho y el pan tostado llena el aire, pero mi atención está en Camila, sentada frente a mí, con una taza entre las manos.
Lleva una de mis camisas, demasiado grande para ella, las mangas arremangadas, el cuello abierto dejando ver la curva de su clavícula. Anoche, su “no” en el porche me dejó ardiendo, pero también con una certeza: no puedo seguir posponiendo la v