El amanecer en la casa de campo era un espectáculo que no merecía. Los rayos del sol se filtraban entre los pinos, pintando el lago de un dorado líquido que me llamó desde la ventana del dormitorio. No podía respirar con Leonardo tan cerca, con su presencia llenando cada rincón de este maldito paraíso rústico. Necesitaba aire, espacio, algo que me recordara que seguía siendo yo, no su Cherry, no su posesión.
Me puse una camisa suelta que dejé desabotonada. Sin mirar atrás, salí de la casa, mis