Camila, mi Cherry, dormía boca abajo, con una pierna doblada y el cabello pelirrojo desparramado como un incendio sobre la almohada. Su piel, salpicada de pecas, brillaba bajo los rayos tímidos del sol, y esa curva de su culo, redonda, insolente, me llamó como un imán.
Anoche la había probado, la había roto en mil pedazos, pero no era suficiente. Nunca lo sería. Mi polla ya estaba dura, palpitando, exigiendo más de ella, de su calor, de su humedad.
Me acerqué, gateando sobre la cama king-size,