Me había quedado dormida de nuevo y no era para menos, con todo lo que sucedió mi cuerpo quedó exhausto y me rendí al sueño.
Pero ya estaba despierta, olía mucho a café.
Me estiro, sonriendo sin querer, y lo veo en la puerta del dormitorio, con una bandeja de desayuno. Lleva solo unos pantalones de pijama, el torso desnudo mostrando cada músculo que exploré en la oscuridad.
—Buenos días, Cherry —dice, con esa voz grave que me eriza la piel. Deja la bandeja en la cama: cruasanes, zumo de naranja