La llamada sonó tres veces antes de ir directamente al buzón de voz.
Ariadna apretó el teléfono con frustración y volvió a intentarlo.
Nada.
El número de Aisha seguía sin responder.
Se obligó a respirar hondo, sintiendo que cada segundo sin respuestas solo hacía crecer la angustia en su pecho. Si Aisha no contestaba, era porque no quería.
Y eso era suficiente prueba de que tenía algo que ocultar.
Necesitaba saber.
Necesitaba la verdad.
Cuando entró a la casa de su padre, su corazón latí