La puerta se abrió sin aviso, y Ariadna alzó la vista, sobresaltada. Maximiliano entró con pasos lentos, su figura alta llenando el marco de la puerta por un instante antes de avanzar hacia ella. No había calidez en su rostro, solo una máscara de frialdad que había aparecido desde que ella empezó a hacer preguntas.
Cerró la puerta tras de sí con un golpe seco y se acercó, deteniéndose a pocos pasos de la cama. Sus ojos la recorrieron —las mejillas húmedas, el cabello revuelto, las manos temblor