Me desperté con los ladridos de Valto. Lo llamé y vino, apoyándose contra mi cama. Enterré los dedos en su pelaje, tratando de calmar los nervios que ya revolvían mi estómago. Todo estaba listo para el baile, pero una inquietud danzaba bajo mi piel.
Me vestí con un sencillo traje de muselina, pero mi mente ya estaba en el vestido. Hoy lo recogería. Mi tía Ágata y Elena me acompañaron al pueblo.
El aire olía a pan y tierra húmeda. Al entrar en la boutique de Madame Renée, la campanilla tintineó.