Salimos juntos de la cafetería y el cielo se había nublado por completo. No esa nube gris y perezosa que anuncia una llovizna cortés. No. Era una masa densa, violenta, de un azul plomizo que apretaba desde arriba como si el cielo quisiera aplastar la calle.
—Espero que nos dé tiempo llegar sin empaparnos —digo, aunque ya sé que no. Se huele la tormenta en el aire. Huele a tierra anticipada, a ozono, a algo eléctrico que me eriza los vellos de los brazos.
—Debí haber traído el auto —responde Bra