No es él. No es él. No es él.
El mantra que me mantiene a salvo. La cadena que me impide caer.
—Brayan… —empiezo, pero no sé cómo terminar la frase.
Él espera. Sin prisa. Con los brazos a los lados, las palmas abiertas, como si me estuviera diciendo no voy a atacar, solo voy a quedarme aquí, mirándote, hasta que decidas qué hacer conmigo.
La tormenta ruge afuera. Dentro, el silencio se estira como una cuerda que podría romperse en cualquier momento.