El complejo de La Cúpula
La sala de control parecía extraída de un laboratorio distópico. Sophie, encadenada a una silla metálica, mantenía la cabeza en alto a pesar del dolor. Sus labios estaban partidos, y una fina línea de sangre le corría por la sien. Pero su mirada seguía intacta: desafiante.
Helena Voss, impecable en un traje blanco quirúrgico, observaba los monitores con una expresión de frialdad quirúrgica. A su lado, Julian, con el rostro tenso, tecleaba comandos para contener el virus