En un rincón oscuro de la ciudad, lejos de los reflectores y las cámaras, Lucas se deslizó por un callejón estrecho hasta un edificio anodino, un escondite secreto que Juliana había asegurado con los recursos de su padre, Walter Raines. La puerta de acero se abrió con un chirrido, y Lucas entró, su figura atlética envuelta en un abrigo negro, sus ojos brillando con la astucia de un depredador.
Juliana lo esperaba en una habitación austera, iluminada solo por una lámpara tenue. El cuero del sof