Capítulo ocho. El sabotaje del griego rival
La preparación de la gala avanzaba con un ritmo frenético. Ariadna apenas tenía tiempo para descansar, pero se sentía orgullosa de cada detalle: los planos de iluminación, la decoración con buganvillas y olivos, la música en vivo. Todo estaba destinado a convertir la villa en un escenario inolvidable.
Sin embargo, esa mañana Helena entró apresurada en la sala de reuniones, con el rostro más pálido de lo habitual.
—Señorita Ariadna… hay un problema.
—¿