Capítulo sesenta y uno. Nada les pasará.
La luna se alzaba sobre Atenas como un testigo silencioso.
Desde la terraza del ático, Andreas observaba la ciudad iluminada, con una copa de vino en la mano y una tormenta en el pecho.
Cada sonido, cada sombra, parecía anunciar el regreso de algo que había jurado enterrar.
En el interior, Ariadna mecía a Helios en sus brazos.
El bebé dormía tranquilo, su pequeño puño cerrado alrededor del dedo de su madre.
Ariadna lo miraba con esa mezcla de ternura y