Capítulo cincuenta y ocho. El amanecer sobre el Egeo.
El mar resplandecía bajo el sol de la primavera griega.
La mansión Konstantinos, en la costa de Vouliagmeni, olía a jazmín y a renacimiento.
Andreas se había recuperado por completo, aunque las cicatrices aún le recordaban lo cerca que había estado de perderlo todo.
Cada mañana, mientras observaba el horizonte desde la terraza, sentía que respiraba por segunda vez.
Ariadna, con el vientre ya redondeado y una luz nueva en la mirada, se acercó