Capítulo cincuenta y nueve. El peso del destino.
El amanecer sobre Santorini no parecía un regalo, sino una advertencia.
Las nubes se extendían pesadas, como si el mar mismo contuviera la respiración. Ariadna se despertó antes que Andreas, con la mirada perdida en el horizonte que se filtraba entre las cortinas blancas. El aire olía a sal, a incertidumbre, a vida que crecía dentro de ella y a miedo que no lograba apagar.
Andreas dormía a su lado, con el rostro sereno, pero la tensión aún marcad