El jardín de La Moraleja en noviembre tenía algo de trinchera.
Los setos recortados. La fuente apagada por el frío. Los coches en el garaje con las fundas puestas como animales dormidos.
Álvaro llegó sin avisar.
Carmen lo recibió en el salón con la costumbre de quien está preparada para todo. Té caliente. Pastas en un plato. La sonrisa de acero que no era bienvenida sino posición defensiva.
—Qué sorpresa —dijo.
—Siéntate, madre.
Carmen ladeó la cabeza levemente. Reconoció el tono. Era el mismo