La sala de juntas estaba en la planta cuarenta de uno de los rascacielos del paseo de la Castellana.
Era un espacio diseñado para intimidar. Mesas de cristal templado, sillas ergonómicas de cuero italiano negro y una vista panorámica de Madrid que dejaba claro quién estaba en la cima del mundo y quién miraba desde abajo. El aire acondicionado mantenía la temperatura en unos gélidos diecinueve grados, perfectos para que nadie sudara bajo las camisas hechas a medida.
Había cinco hombres y una muj