La cena olía a ajo y aceite cuando Álvaro abrió la puerta del ático.
Santi entró corriendo antes que su padre. Con el cuaderno bajo el brazo y el anorak sin abrochar todavía.
—¡Barcos, barcos! —dijo.
Dos palabras. Claras. Sin esfuerzo, sin el gesto de quien mide el peso de cada sílaba antes de soltarla.
Marina se quedó quieta junto a los fogones. La cuchara de madera suspendida sobre la sartén. Miró a Santi. Miró a Álvaro, que entraba detrás con la mochila de los niños y una expresión que Marin