La mañana del jueves era rutinaria en el edificio central de Echeverría Jones Valdés.
El reloj digital del escritorio marcaba las once en punto.
Álvaro estaba de pie frente a la mesa de dibujo de su despacho, revisando los planos topográficos para el nuevo centro de acogida en Andalucía. Tenía el lápiz en la mano derecha y una taza de café a medio terminar en la izquierda.
A sus cuarenta y nueve años, se mantenía en buena forma física, pero llevaba los últimos seis meses operando con un nivel d