La orden judicial llegó un jueves a las ocho de la mañana.
La firmó la jueza Montero con la misma precisión con que hacía todo: sin demora, sin exceso. El registro de las oficinas de la Fundación Herrero-Jones se ejecutaría ese mismo día con presencia del ministerio fiscal y equipo de peritos informáticos.
Bruno llamó a Laura a las ocho y veinte.
—Entran a las diez. ¿Quieres estar?
—No. —Laura lo pensó medio segundo—. No soy policía ni fiscal. Si estoy ahí es para satisfacer algo personal y eso