El sol de enero no calentaba.
Iluminaba, sí, con esa luz baja y lateral que solo tienen los días de invierno en Madrid, la que alarga las sombras y pone un borde dorado en cada superficie sin añadir calor ninguno.
Laura cerró los ojos.
No para dormir. No para descansar. Solo para dejar que la oscuridad de los párpados fuera el fondo sobre el que las imágenes llegaran sin que ella las organizara, sin el andamiaje de ninguna cronología que las pusiera en orden.
El hotel. La habitación pequeña con